sábado, 22 de noviembre de 2025

 

 


Miseria

Pisé el hielo opaco de los nardos impresos en las manos de la salamandra.

Cargando las lenguas con la metralla de los inviernos que mueren en plena navidad, sintiendo como la piel se disfraza en el carnaval de los árboles helados.

Vi mi cuerpo tatuado sobre los poros de los chopos calcinados, perdiendo la fe en los hombres que levantan las fronteras.

Quise estrujar con mis manos las nubes de las amapolas celestes, rompiendo las lágrimas de los desamparados. Las voces se atoraban en la nuez de la garganta embustera.

Mil roturadores de sangre de frambuesa pintaban las paredes de los ríos olvidados.

Caravanas de miseria hacían el camio de los corazones inservibles, helando las miradas culpables de los crímenes en los charcos sin estrellas.

De lo alto de una farola, colgaban los ojos de mármol de un ciervo ciego, las alas de un murciélago de trapo, y los cristales hechos añicos de una caracola.

El barro y la miseria carcomen los pies de un sol empobrecido, y se caen los cipreses sobre las murallas de los cementerios.

Hay buitres que se levantan la toga delante de las palomas, y obispos que juegan con la inocencia de las mariposas. Hay tanto cieno en los escaparates que ya solo sueñan los esqueletos.

Sangre que mana de las baldosas universitarias. Calabozo para las letras y el pensamiento de las macetas de porcelana. Escuadrones de cuervos se dan un festín en el templo de la misericordia.

Pisé el cielo de la noche de los condenados, mientras arrancaba las tripas de los sueños ahogados.

  Los árboles sin hojas Fue en el último adiós cuando escuché el portazo. Me quedé en compañía de mi reflejo en el espejo, mis manos qui...