Miseria
Pisé el
hielo opaco de los nardos impresos en las manos de la salamandra.
Cargando las
lenguas con la metralla de los inviernos que mueren en plena navidad, sintiendo
como la piel se disfraza en el carnaval de los árboles helados.
Vi mi cuerpo
tatuado sobre los poros de los chopos calcinados, perdiendo la fe en los
hombres que levantan las fronteras.
Quise estrujar
con mis manos las nubes de las amapolas celestes, rompiendo las lágrimas de los
desamparados. Las voces se atoraban en la nuez de la garganta embustera.
Mil
roturadores de sangre de frambuesa pintaban las paredes de los ríos olvidados.
Caravanas de
miseria hacían el camio de los corazones inservibles, helando las miradas culpables
de los crímenes en los charcos sin estrellas.
De lo alto
de una farola, colgaban los ojos de mármol de un ciervo ciego, las alas de un murciélago
de trapo, y los cristales hechos añicos de una caracola.
El barro y
la miseria carcomen los pies de un sol empobrecido, y se caen los cipreses sobre
las murallas de los cementerios.
Hay buitres
que se levantan la toga delante de las palomas, y obispos que juegan con la
inocencia de las mariposas. Hay tanto cieno en los escaparates que ya solo
sueñan los esqueletos.
Sangre que
mana de las baldosas universitarias. Calabozo para las letras y el pensamiento
de las macetas de porcelana. Escuadrones de cuervos se dan un festín en el
templo de la misericordia.
Pisé el
cielo de la noche de los condenados, mientras arrancaba las tripas de los
sueños ahogados.
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