jueves, 12 de marzo de 2026

 

Los árboles sin hojas

Fue en el último adiós cuando escuché el portazo. Me quedé en compañía de mi reflejo en el espejo, mis manos quisieron abrazar aquel cuerpo denudo que me miraba desde el frio cristal.

Fue un momento de intransigencia conmigo mismo, unas ganas desaforadas de perder de vista mi propio rostro, mi gesto de odio y rencor. Y, colgué sobre las paredes de incienso los harapos de mi piel.

Aún desnudo bajé a la calle con la desesperación de que alguien me reconociera, de que algún alma transeúnte de la madrugada me llamase por mi nombre: nadie, absolutamente nadie reparó en mi presencia deshojada.

Los árboles estaban sin hojas, y el invierno formaba sombras impenitentes amordazando el pecho de los perros sin dentadura. Los camisones blancos de las ánimas se deslizaban por la ladera de las nieves nocturnas.

Atrapado por los demonios del pasado cubría mis ojos con la ceniza de los muertos. Una monja lujuriosa lamía mis ingles de cemento, y, el cielo pesaba como el acero de los presos.

Las manos se arrastraban por las lagrimas de los bosques secos, componiendo una serenata de percusión y tristeza. Nunca llegaré a la meta, nunca besaré el pico de una paloma blanca, jamás cantaré el rosario se los pueblos del monte Sinaí.

 Se me escapó por la boca el aliento de los dioses en una danza maldita y unas coronas de espina. De pronto, silencio, mientras una rosa exhalaba sus últimos espasmos. Un asno se desprendió de su montura eterna, coceando a todos os arcángeles mercenarios. La guerra del infierno estaba en plena ebullición.

Los árboles sin hojas

II

Las hojas seguían cayendo al suelo con el estruendo del cobre viejo y desgastado, retorciéndose como el gusano herido de muerte. El sol seguía clavándose en las miradas de las masas como el incipiente alambre de espino. La madrugada era el nido perfecto de los insectos metálicos, de las paredes oscuras, de la sangre derramada en los portales de las alcantarillas que destrozaban almas.

No había ni un solo camino que te llevara hacia la esperanza, mientras por los poros de mi vientre rezumaba la bilis de lo indeseable. Los muertos se adueñaban de los escaparates y de las luciérnagas, de los ríos de lágrimas que brillaban por las pupilas perdidas.

Contemplando con estupor como las uñas de las gaviotas se desprendían de sus huesos quebrados intenté refugiarme entre los arbustos de un jardín que agonizaba. Las margaritas amarillas oraban por su eminente agonía, mientras se miraban desoladas unas a otras, mientras preparaban la capilla del cementerio, mientras los alacranes devoraban los dedos del viento.

Aquella noche se convirtió en semanas, meses, años. Y, mi respiración se iba apagando como el suspiro de los renacuajos del estanque en agosto.  Las costillas de mi pecho debilitando mi propia existencia volátil…

continuará

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